Septiembre 4, 2016
Era un día Sábado de Septiembre donde ya el invierno empieza a replegarse para dar paso a días soleados que presagian primavera. Aun cuando las nubes se han marchado, el aire frio de Los Andes está aún presente en el ambiente.
Esa mañana desperté más temprano de lo acostumbrado para un día Sábado. Miré por la ventana, aún estaba oscuro, por lo que decidí levantarme y tomar mi cámara para capturar el amanecer.
Siete y veinte de la mañana, el sol aún no se asoma sobre la cordillera y busco el lugar adecuado para estacionar mi auto.
Una calle en subida desde la playa con una vista hacía la bahía y más allá la cadena montañosa me invita a detenerme.
Bajo del auto buscando la mejor ubicación mientras la luz empieza a intensificarse suavemente. El cielo va cambiando desde su azul oscuro y las últimas estrellas se diluyen entre los violetas y anaranjados del amanecer.
El viento frio corta mi cara y entumece mis manos mientras las nubes que vuelan sobre la cordillera se empiezan a colorear con destellos del astro rey.
Mis dedos sienten el impacto del frio mientras ajustan los controles de la cámara. Una actividad que normalmente es imperceptible se hace intensa no solo por la baja temperatura, sino por la carrera contra el tiempo de querer capturar ese momento único del comienzo del día.
Me dejo llevar, mis dedos olvidan el frio y el obturador dispara sin control desde diversas perspectivas. No hay tiempo para revisar, solo las ganas de capturar tantas imágenes como el breve espacio del amanecer lo permite.
Finalmente el sol se despliega en toda su potencia y los colores se muestran en su real magnitud.
Un día más comienza mientras subo al auto para regresar a casa.


