
Cuando empecé a viajar, siempre pensé en ocupar mi tiempo en los aeropuertos en escribir sobre lo que pasaba a mi alrededor. Y la primera pregunta fue… ¿Donde lo hago? ¿En el computador, en el teléfono, en un tablet o en el celular?
Ninguna de las opciones me atraía ni me convencía al cien por ciento, aún cuando ya en esa época mi trabajo era estar sentado frente al computador todo el día. Prácticamente para lo único que usaba el lápiz era para firmar cheques en locales que no recibían tarjeta de débito.
Mis primeros apuntes los llevé en un cuaderno que usaba para tomar notas en mis reuniones de trabajo, sin embargo sentía que no le estaba dando la importancia necesaria a lo que escribía.
En uno de mis viajes, entré a una librería donde tenían una sección para gente que escribe. Al entrar a esa sección fue como descubrir un mini paraíso en medio de la jungla de cemento y modernidad. Estanterías llenas de cuadernos de apuntes de diversas forma, colores, textura, olores… era una experiencia imprevístamente deliciosa.
Me tomó tiempo decidir pues cada pieza en exposición era mas interesante que la anterior, por lo que me gasté un par de horas en elegir a mi futuro compañero de viaje. Finalmente, escondido en un rincón estaba un cuaderno de unos quince por diez centímetros, con tapas de cuero y una cinta de cuero que lo rodeaba un par de veces haciendo las veces de amarra.
El empaque estaba roto y el cuero se notaba con uso. La dependienta del local nunca entendió que ese detalle hizo que me enamorara del cuaderno. Si hubiera estado en sus manos, jamas me lo habría vendido.
Muchas de mis historias se han plasmado primero en este cuaderno y luego pasadas al computador.
Lo mejor de todo es que mientras tenga mi frasco de tinta, no me preocupo de cuando me dura la batería.
Interesante inicio de un arte.
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