12 de Julio de 2008
Vuelo 1489 desde Atlanta a Fort Lauderdale. Luego de esperar casi siete horas en el aeropuerto de Atlanta, ya me encuentro montado en el avión que me lleva a mi destino final.
Es un día de invierno en Atlanta, nublado pero iluminado. Una y treinta de la tarde, estoy sentado en un asiento de pasillo al lado de un niño de más o menos siete años quien esta comiendo un paquete de papas fritas recién hechas. El olor de las papas envuelve el ambiente, huelen tan apetitosas que incluso una de las azafatas lo comenta.
El vuelo esta lleno, casi la totalidad de los pasajeros son locales. El día esta frío, espero que en Fort Lauderdale la temperatura esté mas alta, pienso mientras busco el cinturón de seguridad en mi asiento.
Aún cuando todo parece funcionar a la perfección, la jefe de cabina informa que el video con las instrucciones de seguridad no funciona por lo que la demostración se realiza “a la antigua” con las azafatas haciendo su número de variedad frente a un público indiferente del cual nunca obtendrán un aplauso.
Una vez en vuelo, observo a mi alrededor y veo diferentes mundos tratando de convivir en pocos metros cuadrados.
A mi lado, un niño (el mismo de las papas fritas) está en su mundo viendo las historias de Dexter en su pantalla individual. Mas allá está, la que supongo es su madre, viendo otra película en su pantalla individual. No puedo negar que se preocupa del chico, sin embargo no han conversado desde que despegamos, su única interacción es preguntarle si está bien.
Al frente, por el pasillo, una azafata que no puede disimular su cara de malestar y no ha sonreído en todo el vuelo. Ella sólo se preocupa de ofrecer y vender comida chatarra, que para colmo todo el mundo compra.
A mi derecha, por el lado del pasillo una mujer de unos 45 años, estudia un libro y trabaja sobre él. Se le ve preocupada, como si no hubiera hecho su tarea a tiempo.
Mientras escribo, se me acerca la misma azafata con cara de pocos amigos a ofrecerme “snacks”, amablemente le digo que no mirándola a los ojos y sonriendo. Mi experimento da resultado, pues logro una sonrisa en respuesta.
Vuelvo a observar a la mujer de la tarea. Un libro sobre el cual escribe, un diccionario abierto y la mano llena de maní. Ella funciona en automático.
Aún queda una hora de vuelo y me dispongo a dormir pues todos a mi alrededor están sumergidos en su mundo...

No hay comentarios:
Publicar un comentario